martes, 30 de abril de 2019

Repensando el liberalismo


El derrumbe estrepitoso del PRI y el arrollador ascenso de la opción de izquierda encabezada por Andrés Manuel López Obrador, como resultado de las elecciones en México, han propiciado que algunos intelectuales liberales de aquel país hayan realizado un balance critico en torno al modelo neoliberal que se aplicó en las últimas décadas, buscando repensar el liberalismo para convertirlo en una doctrina de crítica y denuncia frente a lo que se considera el resurgimiento de practicas y doctrinas antiliberales.

El trayecto histórico que se inauguró en 1989 con la era del triunfalismo liberal, después de la caída del bloque soviético, la apertura de las economías y las transiciones democráticas en diversos países del mundo se clausuró en 2017. Se recuerda que el más entusiasta de los liberales llegó a proclamar entonces el “fin de la historia”. Se creía que todas las vías convergirían en el predominio omnímodo del mercado y de la democracia liberal, la cual ya no tendría otras opciones distintas a las cuales derrotar. Ese capitulo es el que se ha cerrado y hoy se vive la crisis de ese proyecto. El nacionalismo resurge, el autoritarismo recupera su capacidad de seducción, el proteccionismo se propaga, los populistas de izquierda y de derecha adquieren poder. Las democracias liberales que se consideraban ejemplares aparecen hoy como las más vulnerables e incluso, como las más amenazantes.

Hay en el mundo un vuelco al discurso y las prácticas antiliberales. No es una amenaza igual a la del totalitarismo del siglo pasado, pero es un desafío paralelo. En China y en Rusia, en Venezuela y en Filipinas se levantan alternativas a la democracia liberal que parecen sintonizar con millones de personas y que son eficaces productoras de votos. Esta opción es una mezcla de autocracia, corrupción, oligarquía y nacionalismo.

El liberalismo puede encontrar en estos desafíos una nueva vitalidad si es capaz de defender sus principios esenciales iniciando al mismo tiempo una autocrítica de fondo.

En primer lugar, debe renunciar al neoliberalismo. Los economistas neoliberales no solamente impusieron sus recetas como dogmas, sino que implantaron su idea del ser humano como un homo economicus. El liberalismo económico se presentó como si fuera el único liberalismo, el auténtico. Esto justificó el ascenso del enfoque tecnocrático de la vida pública. La razón técnica debía prevalecer sobre la intrincada maraña de discusiones políticas e ideológicas, despreciando así la política y negando el diálogo.

En segundo lugar, debe desembarazarse de un anti-estatismo radical. Demonizar al Estado, como se ha hecho en los últimos tiempos, es tan absurdo como sacralizarlo. El liberalismo debe pensar en el Estado, no como el enemigo a vencer, sino como la condición de la convivencia. El Estado es más necesario que nunca frente a los poderes brutales de la delincuencia y el crimen organizado, y frente a los intereses que han aprovechado la debilidad del poder público para copar sus instituciones y torcer sus políticas. Al olvidarse del Estado, cierto liberalismo se desprendió del indispensable compromiso con lo público. 

Finalmente, el liberalismo predominante ha soslayado las formaciones oligárquicas que concentran poder y dinero. Desde las visiones más extremas del individualismo liberal se ha llegado a la conclusión de que la desigualdad no es, en realidad, problema. El olvido de la tradición igualitaria del liberalismo, esa que va de John Stuart Mill a John Rawls, ha sido sumamente costoso. Si la democracia importa, la justicia importa por igual.

Héctor Samour


La ideologización de la historia


En los avances del populismo en algunos países, o más en general, en los procesos políticos de signo autoritario que se desarrollan en varias partes del mundo con diversas modalidades, los fundamentos ideológicos para justificarlos pretenden apoyarse en la historia. Se trata de reconstrucciones simplistas de las historias nacionales presentadas como filosofías de la historia, en las que los procesos y acontecimientos que determinan el presente aparecen como resultado de una larga y firme evolución de lo que se considera el determinante esencial, que es el que define la lógica del desarrollo histórico.

La nación soberana, la sabiduría del pueblo, la lucha contra la opresión o la vocación libertaria innata, se plantean como constantes en las diversas narrativas que pretenden explicar las realizaciones de las personas o movimientos políticos actuales. Examínese el discurso político de Brasil, Estados Unidos, Filipinas, Polonia, Venezuela, Nicaragua o Turquía, para comprobar que las maneras de ser y estar en el presente se deducen de reformulaciones históricas, en las que se logran unir hechos, fragmentos discursivos o momentos reinterpretados, para formar una totalidad discursiva utilizable para la acción política.

Se trata de una ideologización de la historia, propia de las filosofías de la historia de la modernidad, en las que la historia se entiende como dirigida ineluctablemente hacia una meta final de plena positividad, debido al despliegue de un plan inmanente, producto de la acción de una esencia interna, que actúa detrás de los acontecimientos y de las acciones individuales para garantizar y viabilizar el progreso.

El problema es que estas concepciones de la historia acaban por justificar el dogmatismo y el autoritarismo, ya que los seres humanos de carne y hueso terminan siendo sustituidos por los representantes de la supuesta racionalidad interna que rige la historia o de aquellos que presuntamente conocen su esencia a profundidad. Así los individuos reales y vivos cuya emancipación se pretende, quedan cada vez más fuera del juego de la historia y acaban finalmente sometidos a las instancias de poder a la que ellos mismos les han concedido el papel de ser sus tutores.

Por esta razón es importante cuestionar estas visiones historicistas de la historia. No se trata solo de debatir los hechos o las fechas, las fuentes documentales o el condicionamiento social de un discurso. Se trata de discutir y enfrentar estas interpretaciones de la historia que desde el poder se realizan, no solo porque son falsas o ideologizadas, sino porque desde ellas quieren establecerse, como naturales e inexorables, las condiciones socio-políticas que se pretenden imponer.

Es necesario, por tanto, iniciar una reflexión crítica sobre la historia como medio de contender la apropiación del pasado que busca construir el presente para legitimarlo. Mucho de lo que en el futuro podamos llegar a ser depende de la manera de entender nuestra condición presente y de cómo se ha configurado históricamente. En medio de la incertidumbre actual, es más fácil creer en la marcha inexorable de la historia; en las certezas de que las cosas serán de cierto modo porque así lo determinan las tradiciones o las costumbres, o una incuestionable tendencia histórica. La manera de salir de esa ilusión pasa por repensar la historia, al menos para demostrar que no hay un destino fijo ni único, ni personas o partidos que de suyo lo encarnen.

Héctor Samour


sábado, 20 de abril de 2019

Consideraciones sobre el realismo político



En los últimos años se ha agudizado el debate socio-político en torno a las soluciones de los graves problemas que más afectan al país en la actualidad. Las propuestas de solución de los diversos actores sociales y políticos no solo son distintas, sino incluso antagónicas, dificultando el logro de lo que reiteradamente se ha llamado un acuerdo o consenso nacional.

Las dificultades radican, principalmente, en que ya hay posiciones tomadas en virtud de ciertas opciones o de intereses particulares. Pero el problema se agudiza cuando se dogmatizan las posiciones. Esto último ocurre especialmente cuando los actores anteponen sus principios ideológicos a los hechos reales que conforman la realidad histórica salvadoreña. Los principios pueden tener su validez, pero como tales su función es orientar la búsqueda de soluciones y de ningún modo sustituirla como medio de indagación para encontrar las vías de solución de los problemas sociales.

Metodológicamente, los protagonistas de los acuerdos deberían someterse más a la realidad de los hechos que a la presunta universalidad y obligatoriedad de los principios de cada uno. Y es que la solución prevista como ideal en la formulación de los puros principios no es, en cada caso, la más razonable y justa, porque no se ajusta a las circunstancias y condiciones concretas.

Esta es la insuficiencia de lo que se puede denominar principismo, un término que se utiliza para caracterizar la postura de aquellos actores para los cuales sólo los hechos conformes a sus principios son hechos aceptables. A nivel político, el principismo busca realizar a toda costa lo que se considera correcto al margen de lo que las circunstancias y las situaciones concretas ofrecen como posibilidades reales. Es la realidad la que tiene que adaptarse a la propia ideología y a lo que se cree éticamente bueno, y por eso no se acepta ningún tipo de concesión que suponga una contradicción con lo que se cree que es el bien.

La postura antagónica a la anterior es la que se denomina pragmatismo. Este se ajusta a la realidad empírica dada sin tomar en cuenta las posibilidades reales de transformación, soslaya cualquier normatividad, según las posibilidades que los hechos reales ofrecen, y busca únicamente sacar ventajas inmediatas de la situación. A nivel político, el pragmatismo no asume unos valores y unos principios definitivos para definir su identidad y orientar su acción política, sino que se va adaptando a la diversidad de situaciones y va modificando continuamente sus posiciones políticas para beneficiar al grupo dirigente o al partido.

Si el principismo tiende a ser intransigente y dogmático, el pragmatismo suele ser acomodaticio y errático. Frente a ellos hay que buscar dialécticamente una posición superior que es la del realismo, que presta más atención a las exigencias de la realidad y a lo que es posible realmente hacer en cada coyuntura.

El realismo sostiene que es la realidad la que debe determinar, en última instancia, tanto los principios normativos adecuados como las acciones que deben seguirse para formular la solución verdadera de cada problemática que se presenta en un momento dado. Una solución verdadera es aquella que no sólo resuelve de hecho un problema, sino que lo resuelve definitivamente, porque se acomoda a las raíces del problema y propone realistamente los remedios profundos adecuados, que son a la vez ajustados y justos.

Héctor Samour






  


La educación finlandesa y El Salvador



Existe un consenso generalizado de que Finlandia tiene uno de los mejores sistemas educativos del mundo. Desde que la OCDE comenzara en el año 2000 a elaborar su informe PISA, Finlandia ha acaparado los primeros puestos mundiales por su excelente nivel educativo, junto con países como Singapur, Corea, Japón, Estonia y Canadá. Lo destacable es que las metodologías para alcanzar estosresultados han sido muy diferentes entre estos países, pues mientras que algunos priorizan las temáticas de la prueba en sus asignaturas y en clases extracurriculares, en Finlandia se siguen implementando prácticas que respetan el tiempo libre y la autonomía de los alumnos.

Pasi Sahlberg señala que la excelencia del modelo educativo de Finlandia descansa en varios factores, entre los que destacan los siguientes: la colaboración entre escuelas y maestros en lugar de competencia, lo cual genera un sentido de responsabilidad entre maestros a través de la confianza depositada en ellos; el profesionalismo de los docentes (valorados, preparados y bien remunerados) en lugar de la desacreditación de la profesión; la mejora gradual, consensuada y continua del sistema en lugar de imponer frecuentes reformas educativas que no le dan seguimiento a una meta en común; y el mantenimiento de la equidad y gratuidad en la educación, en lugar de la privatización, que es consecuencia de políticas públicas educativas malogradas.

Aquí en El Salvador, diversos actores proponen el sistema educativo finlandés como un modelo a seguir para orientar las transformaciones educativas prioritarias que se necesitan efectuar en nuestro país, sin considerar las diferencias de contextos y de instituciones, y sin asumir lo que eso implicaría en cuanto a transformaciones culturales, sociales y económicas, y ya no meramente educativas.

En Finlandia la educación es parte intrínseca de las políticas sociales, culturales y económicas del país. El gobierno gasta 30% del PIB en la seguridad social de los ciudadanos, haciendo que los problemas financieros de las familias no obstaculicen el aprendizaje. La numerosa red de bibliotecas públicas funge como otra relevante institución educativa, pues a través de ellas se fomenta la lectura y el aprendizaje independientemente de las escuelas. Hay un consenso político generado entre los diversos partidos y el sindicato de maestros que asegura la continuidad de políticas educativas indistintamente del partido en el poder. Hay que destacar la preparación que reciben los maestros, quienes deben de estudiar tanto una licenciatura como una maestría en la carrera docente. La formación universitaria que reciben procura un balance entre la investigación, conocimientos pedagógicos, artes, ciencias, humanidades y prácticas docentes.

Pretender, por tanto, encontrar una fórmula para lograr educación de calidad tomando como modelo el sistema escolar finlandés, pero sin tomar en cuenta toda la serie de factores que lo posibilitan, es un error. Un sistema educativo de calidad es tanto un factor dinámico del desarrollo como un resultado del conjunto de políticas sociales y económicas que prioriza la equidad y la dignidad de los ciudadanos, sobre todo. Lo cual no implica que por tratarse de un contexto tan diferente deberíamos rechazar el intercambio de ideas y buenas prácticas. De hecho, algunas de las prácticas más notables de Finlandia han sido adoptadas por otros países, como la cooperación entre maestros y escuelas, la autonomía de los centros escolares y el método educativo, centrado más en el estudiante y su capacidad de aprender, pensar y crear por sí mismo.  

Héctor Samour

 


sábado, 6 de abril de 2019

El conocimiento y sus componentes



El ser humano no es un ser aislado ni abstracto, sino que está en permanente interacción con las cosas y personas que lo rodean. Esta relación entre el ser humano y el mundo circundante se manifiesta de distintas maneras, por ejemplo, cuando ingiere alimentos, cuando es afectado por los cambios climáticos, cuando siente afecto, compasión u odio por otras personas; cuando se admira ante la belleza de un paisaje.

La relación entre el ser humano y el mundo se da también en el acto de conocer. Así, por ejemplo, el ser humano conoce la naturaleza, las creaciones artísticas, los utensilios y máquinas, los hechos y las ideas. El acto de conocer da lugar al surgimiento de todas las ciencias y saberes que el ser humano ha construido a lo largo de la historia de la humanidad.

Aristóteles decía que la filosofía es la ciencia que busca llegar al conocimiento de las primeras causas y de los primeros principios. Este tipo de conocimiento no es igual al de las ciencias fácticas. Estas se ocupan de los hechos particulares, mientras que la filosofía se ocupa del conocimiento de los primeros principios y de las primeras causas, por ello se dice que la filosofía pretende un conocimiento último.

Pero no es suficiente saber que existen distintos tipos de conocimiento, sino que es necesario resolver cuestiones más importantes. Por ejemplo, ¿qué es conocer?, ¿quién conoce?, ¿cómo se conoce?

Estas preguntas se refieren a los aspectos epistemológicos del tipo de conocimiento propio del ser humano. Y para responderlas se debe tomar como punto de partida la situación concreta en que se encuentra el ser humano. Es evidente que no resulta simple establecer ese punto de partida si tenemos en cuenta que el ser humano es una realidad psico-corporal que no está aislada, sino, por el contrario, está en permanente relación y en trato cotidiano con las cosas y las personas que lo circundan. En síntesis, es un ser en el mundo. Ser un ser humano es estar en el mundo ocupándose de esa realidad: el ser humano no puede escapar de su circunstancia.

La forma primaria en que el ser humano se relaciona con el mundo surge de sus necesidades. Es decir, el ser humano en un primer momento no busca en su relación con el mundo un saber teórico, sino que le interesa conocer con vistas a un fin práctico o utilitario. Por ejemplo, no le interesa en qué consiste la esencia de la vida animal o vegetal, sino que se preocupa por la manera de utilizar los vegetales o animales para su alimentación.

En el conocimiento utilitario la captación de los principios no es teórica, sino aplicada a cada circunstancia concreta. Solo cuando se el ser humano puede liberarse de sus necesidades vitales y es capaz de asombrarse ante la sola existencia de las cosas y preguntar por su esencia o por las leyes que rigen su funcionamiento, tiene acceso a otra forma de conocimiento y se ubica en el plano del conocimiento científico o del conocimiento especulativo, como el de la filosofía. En este asombrarse se rompe la relación cotidiana y utilitaria con el mundo y la ignorancia o el no saber lo que las cosas son (a pesar de utilizarlas), hace posible la pregunta por su ser y por la legalidad que rige el acaecimiento de los fenómenos.

El ser humano sumergido en sus quehaceres cotidianos no encuentra lugar para el asombro. Pero ocurre que, en las situaciones más críticas, cuando llega al límite de sus posibilidades instrumentales o utilitarias, se admira de esa misma situación e intenta la búsqueda de su fundamento para su vida. En este momento ha pasado del plano práctico al plano teórico y ha emprendido el camino para la construcción del conocimiento científico y filosófico de la realidad.

El acto de conocer

Toda ciencia es un conjunto de conocimientos debidamente ordenados y sistematizados, que surge a partir de preguntas concretas (según la ciencia de que se trate) y se expresa en juicios y proposiciones.

Esto implica una relación entre un sujeto que interroga y un objeto, es decir, aquello hacia el cual se dirigen sus preguntas.

El acto de conocer implica, pues, una relación identificadora de un sujeto con un objeto, en la cual el sujeto capta o aprehende las propiedades constitutivas del objeto. El resultado de esa relación es un conocimiento, que se expresa en una proposición o enunciado.

Esta relación de conocimiento supone dos cosas: 1. La trascendencia, porque el sujeto sale de sí para aprehender en el objeto lo que éste es; 2. La inmanencia, porque las notas o propiedades del objeto existen en el sujeto y existen de manera intencional o representativa.

Tal es el caso del ser humano cuando está ante un nuevo objeto, por ejemplo, un nuevo modelo de avión. Se da la trascendencia desde el momento en que se dirige al objeto en forma interrogante: ¿de qué está hecho?, ¿cómo funciona?, ¿cómo está construido?, etc. Pero también se da la inmanencia porque el sujeto incorpora en forma de representación e intencionalmente el conocimiento de ese objeto a su propia vida.

En las ciencias no nos encontramos solamente con descripciones objetivas del mundo; esas descripciones, por objetivas que sean, son en cualquier caso inseparables del sujeto que conoce. Conocer no es “contemplar” desinteresadamente, sino intervenir activamente en el conocimiento y en sus resultados. En cualquier descripción científica del mundo hay que considerar no solamente aspectos objetivos, sino también la intervención que de un modo u otro ha realizado el sujeto. Y esto es algo que podemos comprobar no solo en las ciencias humanas y sociales, sino también en las disciplinas de las llamadas “ciencias duras”, como las fisico-matemáticas.

Cuando se reflexiona sobre la manera de conocer y los problemas propios de cada ciencia, la filosofía es epistemología, palabra de origen griego compuesta de “episteme” (ciencia) y “logos” (estudio, tratado), o ciencia de las ciencias particulares. Así, se puede hablar de epistemología de las ciencias.

La verdad en los objetos y en los juicios

Plantearse si un objeto es en sí mismo verdadero o falso carece de sentido; solo tiene sentido preguntarse por la verdad de un objeto si éste forma parte de nuestra circunstancia, por ejemplo, cuando se trata de la silla en la que me voy a sentar.

Lo que sí es importante es determinar la verdad o falsedad de los juicios o proposiciones en los que se expresa el conocimiento, sean los juicios que manejamos en la vida cotidiana, sea en los que maneja la ciencia.

En el campo de la ciencia, el criterio para determinar la verdad de los enunciados es propuesto por la metodología específica de cada una de ellas. No se estudian de la misma manera los fenómenos físicos, psíquicos, sociales o biológicos.

La condición ineludible para que un criterio sea aceptado como verdadero es que esté sujeto a una prueba o una serie de pruebas. Es decir, que descansan en el rigor objetivo sustentado por las pruebas. Puede variar si varía el tipo de enunciado que se quiere convalidar o las características de la realidad con la cual se confronta.

En el campo de la filosofía, lo mismo que en el campo de las ciencias, los criterios de verdad son muy variados. Mientras los científicos pretenden convalidar la verdad de los enunciados, los criterios filosóficos tratan de determinar la naturaleza o la esencia de la verdad.

En cualquier caso, hay que señalar que las verdades de la razón sean científicas o filosóficas, son siempre parciales, provisionales y nunca eternas y definitivas. La actividad indagatoria de las ciencias tiene varias limitaciones. La explicación de un fenómeno, por ejemplo, se puede emprender por vías muy distintas: hay explicaciones en términos sociológicos, psicológicos, religiosos, psicoanalíticos, para un mismo problema. Por ejemplo, yo puedo explicar un crimen apelando a la condición social del criminal, a sus carencias económicas, a su poca educación, a un trauma infantil. Son vías distintas para comprender racionalmente un hecho determinado, y todas tienen probablemente verdad parcial.

Otra limitación viene dada por el punto de partida de la actividad científica. Cuando quiero averiguar si un concepto o un juicio son realmente válidos, el único modo de hacerlo es partir del lenguaje, de la cultura y lo juicios o prejuicios que ya tengo. Si se quiere explicar, por ejemplo, un eclipse solar, hay que hacerlo a partir de los conocimientos científicos, físicos y matemáticos que hay a mi disposición. Y estos son siempre limitados y se hallan en continuo proceso de construcción y de perfeccionamiento.

Se puede cuestionar y mejorar el conjunto de conceptos y teorías recibidas, pero esto hay que hacerlo precisamente a partir del lenguaje, de los métodos, de las categorías que nos los dan la cultura y la ciencia actual.

Héctor Samour

La investigación científica en El Salvador



El Salvador es un país que invierte muy poco en la investigación científica. Mientras los países desarrollados (Estados Unidos, los países europeos, entre otros) le apuestan a la creación de conocimiento científico propio, como un medio para generar un desarrollo económico y social sostenido, El Salvador se ha quedado a la saga del progreso científico. La formación profesional se orienta hacia el consumo de las creaciones científicas que se realizan en otros países del mundo, por lo que no se fomenta la capacidad de crear conocimiento propio.
 
Se reconoce la capacidad de utilizar y aplicar el conocimiento científico que se produce en otros países, pero no la capacidad que tenemos los salvadoreños de construir nuestro propio conocimiento. Asimismo, se reconoce cierta capacidad de generar un conocimiento científico sobre nuestra propia realidad, pero se subestima la capacidad de producir un conocimiento relevante que aporte a la cultura científica mundial.

Este poco interés en el desarrollo de una ciencia propia se refleja en el funcionamiento de nuestras instituciones, públicas y privadas, las cuales trabajan de manera empírica, sin mayor apoyo de un conocimiento científico y sistemático que oriente sus actividades.  Esto condiciona que las políticas públicas, así como los proyectos de desarrollo social y cultural tengan poco impacto tanto sobre los fenómenos sociales que pretenden modificar como sobre las poblaciones que intentan beneficiar.

Frente a esta situación, se puede argumentar que los países con mayor desarrollo económico y social tienen mayores recursos financieros para realizar investigaciones, mejor ambiente para propiciar la innovación y una cultura extendida a favor de la invención, por lo que esos países realizan más y mejor investigación.

Además, se aduce que las prioridades y serias deficiencias en países como el nuestro nos impiden dedicar atención a temas de menor impacto inmediato, como los dedicados a la creación de tecnología y cultura científica, cuyos efectos positivos solo se pueden apreciar después de varios años, pero si son apoyados por políticas y estrategias nacionales sostenidas y sostenibles.

Es importante realizar apuestas e inversiones estratégicas a mediano y largo plazo, tales como las que son demandadas en el área de la educación y en el avance de la ciencia y la tecnología, como ejes transversales a todos los sectores productivos de cualquier país. El fruto de esa inversión se puede obtener solamente a mediano plazo, pero puede incidir positivamente en la sostenibilidad y el desarrollo de una nación.

Aunque los esfuerzos para fomentar las actividades científicas y tecnológicas en nuestro país existen, aún son dispersos y con muy poco apoyo político y financiero por parte del Estado. En el caso de El Salvador, los indicadores de ciencia y tecnología del Banco Mundial sobre investigación y desarrollo (I+D) son muy desalentadores, muestran un distanciamiento acentuado de la investigación nacional con relación a la producción de conocimiento científico a nivel internacional. De no revertirse esta situación, dejaremos de ser interlocutores válidos en la comunidad científica internacional. Por ejemplo, el promedio mundial de gasto en I+D como porcentaje del PIB es de 2.1; el de Brasil, 1.2; el de Costa Rica, 0.5; y el de El Salvador, en su mejor año, fue de 0.1 (ahora casi tiende a cero). En cuanto al número de investigadores por millón de habitantes, el promedio mundial es de 1,250; el de Brasil, 698; el de Costa Rica, 1,327; y el de El Salvador, 116.

Con esta poca inversión en I+D y pocos investigadores, hace que la producción científica (libros y publicaciones) y número de patentes, sean tan bajos que ni siquiera somos visibles en gráficos comparativos entre naciones. Dado que la columna vertebral que sostiene a la I+D en un país es su sistema de educación superior, es necesario plantearse dos preguntas: ¿es adecuado el fin o sentido de la investigación que se realiza en El Salvador? Y ¿cómo hacer una mejor gestión de los fondos destinados a la I+D?

Según publicaciones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), los objetivos socio-económicos de las investigaciones del país han sido: 1. El fortalecimiento de estructuras y relaciones sociales; 2. La protección y mejora de la salud humana; 3. El control y protección del medio ambiente, y, últimamente, 4. la producción y tecnología industrial.

Se puede concluir, pues, que hay una investigación bien enfocada en cuanto a fines, lo cual es positivo. Sin embargo, no es sistemática, es de corta duración y los fondos asignados son limitados. Todo esto hace que sea una investigación de poco impacto, que no implica cambios sociales significativos para la población.

A diferencia de los países avanzados, en los cuales el financiamiento proviene del Gobierno (la mayoría de países europeos) o de las empresas (Estados Unidos.), en El Salvador la investigación se impulsa en mayor parte con los recursos propios del sector de educación superior. De acuerdo con Conacyt, el promedio de inversión en I+D de los últimos años en el sistema de educación superior del país es de 12.8 millones de dólares, de los cuales el 67% (8.58 millones) proviene de recursos propios de las universidades e institutos, 14% (1.8 millones) del Gobierno, 11.5% (1.47 millones) de la cooperación internacional y 7.5% (0.95 millones) de empresas, fundaciones y ONG, entre otras.

Héctor Samour